VIVENCIAS- Nelson Pavón

14.07.2020

DÍAS TERRIBLES Y NO TAN MALOS


Por: Nelson Pavón 

Hoy lo odio todo. Los stickers de whatsapp, los memes de Facebook, los todólogos de Twitter, las modelos y los fotógrafos de Instagram. Odio también algunos de mis libros favoritos, el carrito del supermercado que tiene mala una de sus ruedas, el arroz con leche, el insoportable zumbido de una maldita mosca que no sé cómo entró al comedor, si todas las puertas y ventanas están cerradas. Lo mismo odio al sol que quema, que a la nube que pasa y deja caer la lluvia, para bien o para mal, sobre todas nuestras maldiciones; tener que ir a trabajar y soportar además de mi mal genio, el de mi jefe, que es motivado por el de su jefe. De vez en cuando tengo días malos, que no son muy distintos de los buenos. En realidad, lo único que cambia es la perspectiva.

Cuando estos días, que son, ahora que lo pienso, muy parecidos a los buenos, cuando llegan estos días largos y pesados, me alejo de todo, un poco más de lo normal, y estoy circunspecto ante cualquier suceso que pueda acontecer a mi alrededor, o que esté aconteciendo. Pero hace mucho tiempo me he sentido así; no pertenezco a ningún sitio, ni a ningún grupo de personas en específico, ni siquiera estando entre mis mejores amigos he logrado alcanzar ese sentimiento de pertenencia. ¡Amigos!, mi mamá suele decir que tenía muchos amigos en la escuela, pero yo apenas puedo recordar tres: uno que se mudó y ya no me habla, otro que está la mayor parte del tiempo pintando y drogado con ansiolíticos para combatir su profunda depresión, el otro murió; fue un suceso lamentable, a pesar de que todos los que éramos cercanos a él, sabíamos que más temprano que tarde iba a pasar, lo sabíamos por su conducta extraña, había estado vendiendo drogas baratas en una zona controlada por una estúpida pandilla. Entonces, ¿cómo diferenciar un día bueno de un día malo, si estoy siempre molesto? ¿Qué, de todo lo que es hoy, será diferente mañana? Tal vez solo estoy cansado de todo, y necesito dormir un poco más, antes de volver a mi rutina, a mis faenas.

Hoy es diferente. Odio casi todas las cosas, porque soy un amargado, pero a veces las odio porque estoy sensible, y el ruido de los coches me perturba, la algarabía de los lugares concurridos me provoca ansiedad, y las luces de la noche me lastiman los ojos. Es domingo, podría ir solo al cine, y luego por un helado, más tarde volvería a casa y le contaría a mi perro como estuvo la película y el helado, mientras paseamos por el barrio y me fumo un cigarrillo. «-Eh, ¿tenés otro cigarro, amigo? -No. Lo siento.» Solo imaginarme la posibilidad de que alguien se me acerque, tal vez un vago, para pedirme cigarros, me hace no querer salir de casa, aunque a pesar de todo lo hago, el perro tiene que caminar y hacer sus necesidades afuera. Olvido muchas cosas, pero no deben ser importantes. Si todos los días son iguales, la memoria no tiene ningún sentido. De vez en cuando intento hacer cosas nuevas, para no perder por completo la memoria, constantemente olvido a mis autores favoritos, quiénes eran, o que hicieron, que dijeron en sus libros, y hasta porqué son mis favoritos. Por eso vuelvo a leerlos; estoy leyendo El libro del desasosiego por tercera vez este año, lo leo al menos una vez al año, y siempre me parece que, en más de alguna parte del libro, hay párrafos que son mera verborrea entre una prosa preciosa y precisa, pero me parece también, que cada vez que lo leo encuentro una nueva razón de desasosiego. Tal vez este libro me gusta tanto porqué me siento identificado, y me parece sorprendente como un hombre, hace casi cuarenta años, pudo describir tan detalladamente las emociones y los pensamientos que me invaden ocasionalmente, y también lo que motiva esas emociones, además, también se llamaba Fernando.

Esta es la diferencia entre los días buenos y los malos: en los días buenos, siempre falta algo, pero no me importa, tengo la suficiente energía para hacer todas las cosas que debo hacer, solo porque así lo decidí por la mañana. En los días malos, todo me sobra, pero me faltan ganas, me falta virtud para dar las gracias. Todos los días terminan igual, escribo un breve pensamiento en mi agenda, una fecha, y leo algo antes de dormir, casi siempre un cuento, de Murakami o de Wilde, un capítulo de una novela de Tolstoi o Dostoievski, y en ocasiones un poema, de Rilke o de Bécquer, pero hay algo más en los días malos, más que el vino, mis libros favoritos, o las llamadas de mi madre. La literatura que puedo crear. A veces escribo cosas, que no sé cómo etiquetar. En los días malos la literatura toma un sentido mayor que el entretenimiento, es el arte de perpetuar los días.