HUELE A DICIEMBRE- Patricia Valladares

09.12.2020

Como siempre pasa, al acercarse el último mes del año, siento esa sensación, ese frío especial de aire decembrino y le digo a mi hija: "¿Sentís ese frío?, es el frío de diciembre" y ella me contesta: "yo lo siento igual"; como si no entendiera lo que yo quiero decir.

Sí, parece un frío o viento helado como cualquier otro, pero no es así. A mí me recuerda tantas cosas, unas alegres y otras tristes.

Este frío que ahora no me gusta, evoca un vacío, un tiempo que perdí, y que añoro poder encontrar, volver a vivir y nuevamente disfrutar; otra vez reír y alegrarme.

Casi cuatro décadas atrás, el clima de Tegucigalpa era realmente muy frío, sobretodo en la casa de mi abuela, donde viví hasta los diez años. Era de madera, de dos pisos, y el frío entraba sin ser invitado.

Pero diciembre tenía una calidez muy especial en esa casa, sencilla a lo mejor, demasiado austera, donde vivíamos mis padres, hermanos, tíos, primos y mi adorada y dulce abuela Mita, como le decíamos cariñosamente. Eramos muchos para tan poco espacio, pero eso un niño no lo nota, tampoco le importa.

La Navidad en nuestro hogar era muy alegre y lo que más disfrutaba en esa época era observar cómo mi abuela y mis tías armaban poco a poco el nacimiento.

Recuerdo como si estuviera frente a ellos, observando en silencio a aquellos patitos blancos, nadando en el agua que unas veces era representada por un espejo o papel brillante, o realmente agua.

Al verlos imaginaba que nadaban unos tras otros. Los burritos y los demás animalitos de barro subían las montañas formadas por cartón, paste de cerro, pino y todo lo que pudiera servir para hacer una montaña casi real.

Las casitas de barro, los hombres con sus sombreros y las mujeres de largas faldas, las iglesias y las calles del pequeño pueblito. Todo ese paisaje con mucho musgo verde, paste de cerro, el olor a pino, tierra y aserrín. Era muy hermoso, para mí no hay nada más bonito en Navidad que los nacimientos.

Y qué decir de nuestro árbol, pues no era "made in USA" (hecho en Estados Unidos) o "made in China" (hecho en China), era único y original, ese sí que era orgánico, ya que estaba hecho de chiribiscas, muy populares en ese entonces.

Las cercanías del Estadio Nacional se llenaban de árboles armados con chiribiscas, habían plateados, dorados, forrados con algodón, o simplemente al natural, como el cliente los quisiera.

Disfrutábamos elaborando los adornos que eran de papel oropel y nos especializábamos en hacer cabecitas de Sán Nicólas con las cáscaras de huevo.

Pero lo mejor, lo más esperado y que nos interesaba, especialmente a mí, eran los estrenos: la ropa y zapatos que íbamos a usar el 24, y que a lo mejor iba a repetir al día siguiente, seguramente también iba a despedir el año con ese mismo atuendo.

¿Que más da? igual iba a lucirlos el día de Navidad, y nada me iba a quitar el placer de "estrenar"; quizá como todos los niños iba a andar un poco engreída ese día, pero obviamente para llegar a ese punto debía esperar un buen tiempo.

Pues mi mamá quien era la encargada de la difícil tarea de llevarnos a comprar nuestros estrenos o de mandarlos a confeccionar −con la única modista que pudo tallarme bien− siempre procuraba comprar los anhelados estrenos con mucha anticipación mientras tanto, éstos debían esperar en el fondo de una valija.

Valija que yo abría a escondidas para contemplar mi ropa nueva ja, ja, ja, como si se tratara de un tesoro.

¡Que lindos recuerdos!

Qué decir de los cohetillos, morteros y todo aquello que compone la pirotecnia navideña, nunca fueron mi fuerte, excepto las luces de bengala y las chispitas de colores en lo que sí era una experta.

El nacimiento del niño JESÚS lo celebrábamos con el acostumbrado abrazo, realmente no entendía porqué nos abrazábamos, si en realidad casi nunca me abrazaban .Pero disfrutaba ese momento.

No nunca hubo pavo en la mesa de mi abuela, ni las grandes y fastuosas comidas, pero mi alma estaba plena, todo aquello para mí era suficiente.

Cada año al acercarse la Navidad, cuando ya casi llega diciembre, se siente en el aire, en el viento, esa nostalgia. Quizás nada vuelva a ser igual, y nos queda solamente cosechar nuevos recuerdos, empezar otra vez y luego otra vez.

Cerrar los ojos y respirar, porque venga lo que venga, diciembre es el tiempo de esperar, confiar, creer y disfrutar, porque ahora como cada año huele a diciembre. 

Por: Patricia Valladares