FILMINA- Elda Cecilia Díaz

23.02.2021

Ganadores del concurso cuento corto- SAU


El doctor Quiñónez vio mi primera barba rala y yo vi sus primeras canas. De niño visitaba su consultorio unas dos o tres veces por semana, ahora adulto lo hago una vez cada quince días. Cada cuatro años veía un nuevo título colgando en su pared, muestra de su afán por seguir titulándose con algo referente a la psicología o psiquiatría.

Nunca me he sentido enfermo y, de hecho, recuerdo haber sido un niño muy feliz y despreocupado. Solía meterme en problemas con mi madre al gastar todas sus cremas en mi cara y corría a esconderme al estudio de mi padre. Mi viejo era un amante de los libros y mi madre una devota señora de familia. Nunca fuimos ricos, aunque tampoco pobres, éramos de una clase media alta. Yo siempre fui sano y fui feliz. Aún después de la muerte de papá por una fiebre que lo agarró desprevenido. Tal vez no era solo una fiebre.

Pero, sin importar mi condición, yo siempre he visitado al doctor Quiñónez.

El viejo Quiñónez siempre tenía labios gruesos y morados, cuando los juntaba y estiraba parecía una terrible pasa arrugada. No obstante, siempre estaba sonriente. Se sentaba en una vieja silla de cuero café y esperaba a que yo le contara la semana. Pero lo que más le fascinaba, y lo digo porque sus manos le comenzaban a temblar al oírme, era cuando él me pedía que le hablara de mis sueños. Decía que mi mente le daba escenarios asombrosos, que bien podía yo convertirme en un escritor medianamente reconocido. Nunca le tomé la palabra, y cuando tuve edad para ingresar a la universidad me inscribí en la facultad de ingeniería. No he sido alguien que presume de lo que no tiene, pero sí de lo que tengo, y lo que tengo es un gran cerebro. Me becaron, me gradué joven y con honores, al poco tiempo viajé a Alemania a estudiar un posgrado. Y nunca dejé de hablar con el viejo Quiñónez.

Para cuando regresé a mi patria, yo ya tenía una plaza en una gran fábrica de tecnologías. Me iba bien. Compré una casa propia y me mudé de casa de mi madre. Solo unos meses después ella enfermó. Decía que oía la voz de mi padre decirle que él se encontraba en algo parecido a una dimensión paralela. El doctor Quiñónez se ofreció a tratarla, lo hizo hasta que, al muy poco tiempo, ella siguió los pasos de papá.

Con tanto trabajo acumulado no tuve la oportunidad de guardarle luto. Ese dolor lo llevé en mi corazón por muchos días y, a pesar de hablarlo con Quiñónez, nunca me sentí libre de él. El doctor siempre decía que no debía tratar de enterrar mi pesar sino enfrentarlo. Me pidió que escribiera. Y lo hice.

Curiosamente, durante esos días en que me sentaba con un lápiz y una libreta vacía entre mis manos, me parecía contemplarme a mí mismo, desde algún punto de la habitación. Como si mis ojos me permitieran ver mi propio cuerpo. Entonces mi cerebro se bloqueaba y abandonaba la tarea. Sucedió muchas veces. Poco a poco, la idea de escribir mi sentir fue reemplazada por la historia de mi madre. Comencé con un boceto de la historia en la que ella oía la voz de mi padre jalarle los pensamientos, y luego... ¿qué más? No tenía ni idea. Escribir era algo difícil. Necesitaba un nudo y un desenlace.

Una noche, luego de darle vueltas a la idea del guion en mente, comenzaba a quedarme dormido cuando la inspiración vino a mí. Lastimosamente yo estaba muy cansado para atender la puerta. Había tenido una revelación, alguna musa me mostró el nudo y el desenlace que necesitaba justo en el momento en que yo comenzaba a quedarme dormido plácidamente. Supe que algo había llegado a mí y había sido grande, porque al día siguiente no tuve paz tratando de recordar esa vaga idea. Pasaron los días y, por más que me esforcé, nunca logré palpar aquel descubrimiento nuevamente. Y una mañana mientras me duchaba, una idea algo loca llegó a mí.

-Si yo tuviera una máquina para eso...

Para recuperar memorias. Este pensamiento reemplazó al otro, el del guion, y pronto me encontré divagando en horas de trabajo, investigando y preguntando a quien conociera sobre la posibilidad de que una máquina así existiera. Di con muchas opiniones divididas: unos me decían que era ridículo, otros que lo intentara y otros que estaba loco. Yo creía que debía intentarlo, así que comencé a alejarme de mis compañeros de trabajo y de toda actividad que no aportara en nada a mi estabilidad económica. Por supuesto que continué viendo a Quiñónez de quién, curiosamente, comencé a preguntarme su edad. El viejo Quiñónez siempre había sido viejo, pero nunca más viejo. Este, en su momento, ridículo detalle hizo que pusiera en tela de juicio mi confianza en él, casi sin fundamento.

En las citas, que ya no eran cada dos semanas sino cada cinco días, hablaba acerca de mi deseo de escribir sobre mi madre sin poder concretizar nada, pero nunca mencioné mi silenciosa labor como inventor de una máquina nunca antes vista.

Había momentos en los que luego de una prueba fallida me cuestionaba seriamente mi superflua labor con esta máquina, pero nada me detuvo. Mi terquedad dio frutos, y una tarde, después de sabrá Dios cuántos intentos, mi máquina funcionó. Y lo que me mostró me dejó la piel de gallina.

Yo quería recordar aquella imagen perdida que daba magia a mi guion, pero vi algo más. Fue como aumentar la velocidad de reproducción de una película, pero no era una, eran varias. Me veía como un bebé, un niño, un adolescente, luego envejecía y moría. Habría pensado que todo se repetía una y otra vez, pero, en estas memorias las imágenes de mis padres cambiaban. Un joven yo hablaba una lengua enigmática, que aparentemente logré entender, llamaba a un hombre extraño papá, y no tenía mamá. Un anciano yo despedía a una mujer mayor con un beso en la frente y le profesaba en otra lengua amor puro. Y muchas otras escenas que ni siquiera sé cómo explicar. Era como ver una vieja filmina infinita, ya gastada en algunas partes.

La impresión fue tal que abandoné mi trabajo y desistí de mis sesiones con Quiñónez, porque tal parecía que el siempre viejo Quiñónez tenía algo que ver con todo. Lo había visto en todas estas otras vidas merodeando en los rincones más cercanos posibles a mí.

¿Qué quería el viejo Quiñónez de mí?

Cuando se cumplió un mes de mi última visita a su consultorio, un pálido y tembloroso doctor Quiñónez golpeó la puerta de mi casa, gritando mi nombre. Lo ignoré y me quedé quieto, escondido en el baño como un niño que se oculta de su madre luego de una travesura. Supuse que luego de unos minutos se marcharía, pero duró en la entrada de mi casa toda la tarde. Cuando finalmente se fue, tomé mis maletas. Me iría. Después de guardar mis pertenencias, me arrastré por la ventana del baño y salí, tenía miedo de encontrar a Quiñónez aún de pie frente a la puerta principal. Corrí por el patio y crucé las propiedades vecinas. Cabe destacar que nunca volví a ese lugar, no vuelvo a ningún lugar. Por donde yo vaya, el siempre viejo Quiñónez me sigue.

Poco a poco fui descifrando todo, sin necesidad de la máquina. El siempre viejo Quiñónez, en efecto, era siempre viejo. Yo estoy envejeciendo, pero dentro de poco volveré a ser niño, y encontraré a alguien a quien llamar padre. Probablemente volveré a olvidar todo, probablemente el siempre viejo Quiñónez me encuentre y halle la manera de hacer que mi padre me lleve con él. El siempre viejo Quiñónez quiere dejar de ser viejo, quiere vivir para siempre, pero vivir una y otra vez. El siempre viejo Quiñónez quiere ser como yo.