CUENTO- Nelson Pavón

30.05.2020

¿QUIÉNES SON LOS POBRES? 


Por: Nelson Pavón 


Los padres de Daniel, oriundos de una comunidad sin nombre, que se asentaba en el departamento de Gracias a Dios, venían de familias numerosas. Alma, su madre tenía doce hermanos, siete eran hombres y cinco eran mujeres, pero a algunos de ellos a penas los conocía. Alfonso, su padre, era el hermano mayor en una familia de cinco hijos, tres varones y dos lindas niñas. Daniel fue hijo único hasta que tuvo siete años. Cuando cumplió ocho, ya había nacido su hermana Jazmín.

De pronto sus padres se habían vuelto más estrictos, pero a la vez distantes. Daniel pasaba las tardes dibujando paisajes, y los fines de semana jugando videojuegos. Reprobó tres materias en la escuela y dijo que no le gustaban; estudios sociales, matemáticas y ciencias naturales. Sus padres decidieron cancelar las vacaciones previamente planeadas para enviar a Daniel un tiempo a casa de su tío en Wampursipuare, donde esperaban que aprendiera a valorar las comodidades que tenía al vivir en la ciudad y poder asistir a la escuela sin tener que trabajar como los niños en las zonas rurales, como ellos una vez lo habían hecho.

Así que Daniel pasó las vacaciones en aquel municipio, conoció la vida tan lóbrega como encantadora, conoció a su primo Enrique, con quien pasaría la mayor parte del tiempo, aprendiendo a arar la tierra y cultivando legumbres, pues su tío Mario era agricultor. La vida ahora era tan distinta para Daniel, en aquel lugar los hombres no conducían autos de lujo para llegar a la oficina, no se vestían con costosos trajes, ni corbatas de seda; las mujeres no llevaban largos pendientes ni collares de perlas como su madre, y los niños no jugaban videojuegos. Ellos andaban a pie por largos caminos de tierra, ellos no hacían largas colas en la caja del supermercado, comían lo que estaba al alcance de su mano, en los árboles, convivían con los animales, no había tantas lámparas en casa, pero en el cielo se veían las estrellas más grandes y brillantes que en cualquier otro lugar. Todo aquello provocaba en Daniel una extraña combinación de sentimientos que lo hacían sentir confundido. Tal vez no podía jugar en su consola, pero podía admirar el atardecer, y podía pintarlo. Podía correr, saltar y nada en el río Patuca.

Pasaron días y semanas, Daniel se acostumbraba cada vez más al canto de los gallos y se olvidaba del despertador, pero pronto regresó a casa y vio a sus padres, los saludó. Luego vio el muro que había al final del área de lavandería; -Aquí termina todo- pensó -En este muro termina todo. En el campo todo parece infinito: el agua que corre en el río, las frutas que crecen en los árboles, los atardeceres detrás de las montañas, las estrellas. Aquí todo es gris, muros grises, mentes grises, personas grises que se sienten superiores por sus imaginarias posiciones económicas.

Terminó de desempacar sus cosas, fue a la cocina por algo de comer, donde se encontró con su padre, y este le preguntó, qué le pareció Wampursipuare.

- Bastante bien. - respondió. -Es bonita la casa de mi tío. -

-¿Te gusta más que esta? -

-Es más grande. Hay más espacio para correr y jugar. Y tiene una hamaca para ver el atardecer. -

-Hijo, son pobres. -

-No papá. Los pobres somos nosotros. Allá, todo lo que ves es tuyo. En la ciudad la vista llega hasta donde están los muros, y todo se ve triste -. 

Foto obtenida y autorizada por Diseños Canva
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