CUENTO- Nelson Pavón

11.06.2020

LA MUJER DE VESTIDO VERDE 


Por: Nelson Pavón 

Hace ya más de un mes que dejé de asistir a terapia. Mi psicólogo había regresado a Perú, y yo no quería ver a otro terapeuta. Bastante trabajo me había costado ya acostumbrarme la primera vez. La última vez que vi al Dr. Frías, dijo que se mantendría en contacto conmigo, y lo hizo. Me escribió para recordarme que debía practicar la 'autoevaluación', y me preguntó si persistían los síntomas del síndrome de abstinencia. Dije que no, pero mentí ­­­-"Me he sentido bien, doctor. Si pasa algo le avisaré."- Todavía me atacaban de vez en cuando, unas fuertes ganas de tomar hasta perder el conocimiento, pero cada vez eran más leves, y desaparecían en menos tiempo. Así que, no consideré que era tan importante decirle. Tampoco le conté sobre el sueño, ese sueño repetido que nunca llegaba a su final. Después de todo, era solo un sueño y estaba muy lejos de volverse realidad, o eso parecía.

La semana siguiente fue de mucho trabajo, y el viernes, decidí tomarme la tarde libre. Llegué a casa después del mediodía, limpié mi cuarto, saqué la basura de la cocina y paseé al perro. Preparé café y me serví una taza grande, fui a recostarme y bebí el café mientras leía una vieja novela: Blanca Olmedo de Lucila Gamero de Medina. Después de un rato no pude concentrarme más en mi lectura. Leí catorce páginas sin darme cuenta de nada de lo que pasaba en la historia, los párpados me pesaban, así que cerré el libro y lo dejé a mi lado para descansar, pero en ese momento, en el que te encuentras tan lejos de la conciencia, adormitado y sin voluntad, el tono de llamada de mi celular rompió el silencio; era un número desconocido. Tomé el teléfono y contesté haciendo la menor cantidad de movimientos posibles, y del auricular salía una voz tan frágil como seductora. -¿Quién habla? - pregunté.

-¿No me recuerdas?

-No.

La conversación no duró más de tres minutos. Me había invitado a salir esa misma noche, a las ocho, en un bar restaurante muy elegante, cerca del aeropuerto. En ese momento eran las seis y media. Tenía una hora y media para alistarme y llegar al lugar. Me duché y me vestí de forma discreta. Pantalón azul y camisa a cuadros. Salí de casa a las siete menos cuarto y antes de llegar, hice una parada en una tienda para comprar cigarrillos, por lo que llegué cinco minutos más tarde de la hora convenida.

-"Una mujer me espera." - le dije al tipo que estaba en la entrada del lugar. Este, me llevó amablemente a una mesa que se encontraba un poco retirada de las demás, donde casi no se escuchaba la música. Y ahí estaba ella, esa hermosa mujer de cabellos rojos como el cobre y ojos grandes, de piernas largas y manos suaves. Estaba usando un hermoso vestido verde, que resaltaba la forma de sus caderas y dejaba descubierta la mitad de su espalda. Me saludó como si me conociera de toda la vida, y me ofreció una copa de vino tinto, que acepté sin miramientos. Luego, ordené whisky. Ella solo bebió vino.

Hablamos sobre política, deportes, sobre sexo, abiertamente, como dos mejores amigos que cuentan sus experiencias durante las vacaciones, y sobre música. -"La música es más que el artista, es más que un género o una época. Es la sensación que te transmite, es recordar, es el sentimiento que provoca." - Me dijo.

-Bien. Estoy de acuerdo con eso-. Respondí, mientras encendía un cigarrillo.

Ella, me había ofrecido un cigarrillo mentolado, el cuál rechacé, y ella encendió inmediatamente, con disimulado desdén.

A la media noche nos fuimos del lugar. No me permitió pagar la cuenta, pero sí que la llevara a su casa. Estábamos muy borrachos cuando subimos al auto, tanto que no recuerdo como llegar a su residencia, pero sí recuerdo que me besó, apasionadamente, y con ambas manos comenzó a desabrochar los botones de mi camisa. Yo correspondí deslizando mi mano izquierda por debajo de su vestido, pero era todo tan confuso y el recuerdo es tan borroso.

Cuando me desperté, la mañana del sábado, estaba en mi cama, solo, en ropa interior y con una extraña sensación en el paladar, como de haber probado el whisky, y sus dulces besos, pero no tenía resaca, y la novela Blanca Olmedo aún estaba a mi lado. ¿Qué había sido aquello, tan real y fantasioso a la vez? Fui al baño a cepillarme los dientes y lavarme la cara, después revisé el registro de llamadas de mi celular. Las últimas dos llamadas eran de números desconocidos: una llamada entrante que había durado dos minutos exactos, y una llamada perdida después de esa.

Al menos todo se terminó esa noche. Nunca supe si pasó en realidad, pero tampoco volví a tener ese sueño. -¿Alguna vez has confundido un sueño con la vida real? - me interrogué a mí mismo, parado frente al espejo.